El problema de amar al prójimo como a ti mismo

Suena contradictorio decir que amar al prójimo como a nosotros mismos sea un problema, inclusive pensarán que es justamente la falta de amor al prójimo la que genera todos los conflictos  que vivimos como especie. Esta regla fundamental de amor, dada por Jesucristo en persona, y que independiente de ser religiosos o no, suena a una fantástica forma de hacer del mundo un lugar mejor, más pacífico, es justamente la raíz de todo lo que está mal en el mundo.

Algo que todos hacemos siempre, sin darnos cuenta, es medir a todos con la misma medida que utilizamos para nosotros, por ejemplo, me considero una persona justa, entonces me frustra/enoja que alguien cometa una injusticia, o me considero honesto, y me indigna que haya gente deshonesta. Consideramos que todos deberían ser “buenos”, y así se soluciona todo. Pero ese concepto es bastante relativo. Podríamos decir que somos ¿100% justos? o ¿100% honestos? ¿Que en absolutamente ninguna situación hemos tomado una decisión basada en nuestra propia conveniencia, o que jamás hemos dicho una mentira? Imposible, nadie es perfecto, la respuesta es no, no somos 100% buenos; honestos o justos. Lo somos si, pero según nuestros estándares, que son subjetivos y basados únicamente en nuestras percepciones. Y es acorde a nuestros estándares que “medimos” al mundo. De la misma forma, amamos a los demás tal como nos amamos a nosotros y ese es precisamente el problema.

Amarnos a nosotros mismos, es aceptar quienes somos, pero la verdad es que muy pocos llegamos a amarnos realmente, a aceptarnos exactamente tal como somos, y pongo mi caso como ejemplo:

Es fácil amar, y por lo tanto aceptar, mi sentido aventurero, lo buena que soy resolviendo “Sudoku”, o mi capacidad de hablar por horas de los temas que me interesan. Es sencillo amar mi habilidad para aprender, para hacer metáforas o mi ritmo para bailar. Lo verdaderamente difícil, lo que casi casi intentamos olvidar, son las facetas no tan bonitas; como mi uso innecesario del chantaje emocional, mi explosiva reacción ante determinados temas, mi dificultad para decir que no a mi familia o amigos. Esas características son las que no queremos aceptar, las que a veces francamente odiamos.

El verdadero reto es amar, por lo tanto aceptar, todas y cada una de nuestras facetas.

¿Podrías decir honestamente que aceptas TODAS tus facetas?

Aceptar nuestros defectos o debilidades no significa resignarnos a que son parte de nosotros y ahí estarán por siempre, significa dejar de sentir culpa por ser así, amar todas esas facetas permite trabajar para cambiarlas, porque mientras más las ocultemos, mientras más las detestemos, nunca podremos cambiarlas. Mientras más las ignoramos u odiamos, más lejanas las sentimos y por lo tanto no las podemos “tocar”, mucho menos cambiar. Pero si aceptamos que son parte de nosotros, si las incorporamos como a todas las demás, si tenemos el poder sobre ellas, tendremos la capacidad de elegir si queremos conservarlas o no. Solo abrazando todas y cada una de nuestras facetas, tenemos verdadero control sobre nosotros, sólo así somos verdaderamente libres de ser como queremos ser.









Si llegamos a amarnos, por lo tanto aceptarnos, tal como somos, si llegamos a esa capacidad completa, empezaremos a ver a los demás de diferente manera, porque los amaremos como a nosotros, los mediremos con la misma unidad de medida que usamos para nosotros, es decir aceptando todas sus facetas. Esas actitudes de ellos que hoy tanto nos irritan, son las mismas actitudes que también nos irritan de nosotros mismos (probablemente en diferentes aspectos), por eso no las toleramos. Pero si aceptamos todas nuestras actitudes sin odio ni rabia, podremos aceptar las de los demás, y sólo en ese estado de aceptación mutua, es que se puede construir.

Amar al prójimo como a ti mismo, si, pero empecemos por el amor “a ti mismo”, aceptando TODAS nuestras facetas.

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