Es frecuente sentir que conforme crecemos tenemos menos tiempo libre, entre el trabajo, el transporte, el tiempo familiar, actividades con amigos, cada vez queda menos tiempo, y estamos siempre corriendo; por llegar al trabajo; por cumplir con alguna fecha límite; por llegar a casa a comer; al cine, tienda, concierto o algo que nos gusta, a tiempo.

Llegamos a sentir que conforme pasan los años, los días son más cortos, los meses (o incluso años) se pasan “volando”, cuando nos damos cuenta, ya pasaron 5 años desde ese viaje fantástico que hicimos, o 3 años desde la última vez que saliste con ese amigo, o 15 días desde que le dijiste a tu abuela que la llamarías mañana.

Hacer muchas actividades en un día es magnífico, darse el tiempo de salir con amigos o familia a pesar de salir cansado del trabajo es ideal, sin embargo, al hacer el recuento del final del día, ¿cómo llegamos a dormir? ¿Agotados como si una aplanadora nos pasó por encima? Si lo único que esperamos con ansias es el fin de semana para poder descansar o hacer lo que nos gusta, y luego de cumplir todos los planes (así se trate de ver películas estirados en el sillón todo el día), seguimos cansados, hay algo que está fallando en nuestra vida (y no necesariamente es el trabajo).

 ¿Por qué vivimos acelerados? ¿A dónde tenemos tanto apuro de llegar? ¿De dónde viene realmente esa ansiedad por llenar todos los minutos de nuestro tiempo con actividades? E incluso cuando tenemos tiempo para descansar ¿Por qué es siempre frente a un monitor (celular, Tablet, computador o televisor) que nos tiene como adormecidos?

         ¿Hace cuánto que no te das media hora para estar solo y reflexionar? Sin celulares, música ni televisión.

Un momento para realmente preguntarte ¿Cómo estoy? ¿Qué siento? ¿Cuáles son mis verdaderas preocupaciones?

    Este mecanismo de llenar nuestros días, de ser personas muy ocupadas, no es más que una “cortina de humo”,

                 es la excusa perfecta para no enfrentar nuestros miedos, no enfrentar estar solos y por lo tanto

                                   sentir nuestras verdaderas emociones. Es un mecanismo de defensa.

Claro que es perfectamente funcional y útil para nuestra supervivencia, pero llega un momento en el que sobrepasamos nuestro límite, no cabe una gota más en ese vaso de emociones reprimidas, e irremediablemente rebalsa. Es entonces que nos derrumbamos por las situaciones menos esperadas, o nos irrita el mínimo comentario sobre determinado tema, es que estamos al borde de explotar, y si queremos solucionarlo, corresponde revisar el contenido de ese vaso e ir sacando cuchara a cuchara esas emociones.

Qué tal si dejamos de correr hacia todo lado y por primera vez en todo el día (semana, mes, año o ¡vida!) nos quedamos quietos unos minutos, en silencio, respirando profundamente, relajados, y fijamos la atención en nuestro interior, en cómo nos sentimos, que nos está pasando en el fondo.

 Si es algo que nos cuesta demasiado, porque nos llenamos de angustia, ansiedad, aburrimiento o cualquier otro obstáculo,  es señal de que nuestro vaso está muy cerca de sobrepasar su límite y rebalsar, tenemos nuestros mecanismos de protección psíquica en alerta.

Puedes seguir corriendo de un lado a otro, mantener la mente enfocada en todo lo exterior que quieras hasta que el vaso rebalse, o puedes tomar la cuchara y empezar a sacar esas emociones hoy. La elección es siempre tuya.

Estoy ocupado... sobre todo para mi mismo

Si te cuesta encontrar la causa de tu angustia, esas emociones reprimidas, puedes valerte de las herramientas de acceso al inconsciente en una consulta.