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Las alergias no existen


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Érase una vez un muchacho que vivía una vida normal, en una ciudad normal, con unos padres y amigos normales. Un buen día llegó una nueva compañera de clase y se enamoró perdidamente de ella. Empezó a vivir un fantástico e inocente romance, caminaban juntos de la mano cada día después de la escuela, y todo era maravilloso. Un día, en una caminata habitual, la muchacha le dice que se tendrá que mudar a otra ciudad por el trabajo de su padre, se va al día siguiente. En ese momento del impacto emocional, el mundo se detiene, el corazón del muchacho se rompe, una tímida lágrima brota de su mejilla, y el viento de la tarde primaveral trae consigo aroma a las flores del jardín de al lado. Este muchacho, 30 años después, recuerda con cariño esa historia de su primer amor, siente que no le afectó demasiado que ella se fuera, pero está en consulta por una alergia al polen. Al analizar con detalle los elementos que componen esa escena, en la que se entera que su amor se irá, el sentido protagonista es el olfato, no olvida ese olor a “polen” que sintió mientras su corazón se rompía en mil pedazos. No puede evitar llorar al recordar ese episodio ahora. Ha encontrado el episodio programante (fase sensibilizadora) de su alergia. Su cerebro decidió en ese momento que era extremadamente peligroso para su vida, sobrellevar una situación así de dolorosa, y para motivos de almacenaje, se guardó el recuerdo en el baúl bajo el título “polen”.

Alerta de un recuerdo escondido

El cerebro es sorprendente, procesa la información que recibe a una velocidad impresionante, se dice que desde el ingreso de datos a la formación de un concepto en el cerebro transcurren 0,2 segundos, sin contar con que el cerebro además lleva a cabo miles de procesos inconscientes a la vez (funciones biológicas por ejemplo) cuya velocidad es muy difícil de medir. En el rubro de recuerdos, sabemos que inicialmente se mantienen en memoria a corto plazo de donde van siendo borrados cada noche, y si necesitamos conservar ese recuerdo, pasará a la memoria de largo plazo.

Esa decisión se toma de acuerdo a que tan útil es la información, por ejemplo, si es algo que hacemos repetidamente, definitivamente es útil y pasa a largo plazo, como montar en bicicleta, aunque no hayamos mirado la bicicleta en 20 años, si la montamos, no habremos olvidado como hacerlo, el archivo en la memoria de largo plazo está ahí. Del mismo modo, si el recuerdo está asociado a una emoción, definitivamente se almacena. Por ejemplo, de los 365 de cada año de nuestras vidas, no podremos recordar todo lo que hicimos, vimos, comimos o bebimos, pero si podremos recordar con detalle esa cena de aniversario, o esa primera mochila favorita, o la navidad que nos dieron un regalo fantástico, porque están asociados a una gran emoción, en este caso positiva.

Hay recuerdos tristes y dolorosos, que el cerebro también almacena, porque están asociados a una emoción, han generado un impacto, pero además, porque nos sirven para reconocer situaciones similares en el futuro y poder actuar. El objetivo del cerebro al guardarlos es permitir nuestra adaptación al mundo, sobrevivir. En imprescindible que almacene el recuerdo de cuando nos electrocutamos por meter el tejedor al tomacorriente a los 6 meses de edad, o cuando mi mejor amiga me insultó a los 7 años, porque solo así podrá prevenir peligros y protegerme, es inconsciente. Pero un momento….¡yo no recuerdo esas cosas! Es que así de maravilloso es el cerebro, hay recuerdos que almacena para establecer un mecanismo de defensa al respecto, pero no nos deja sentir conscientemente, están como bloqueados, porque generaron tal impacto, que en su momento no los pude manejar y mi cerebro vio por conveniente guardar en unbaúl cerrado con candado, metafóricamente hablando.

Un impacto emocional intenso, va directamente a la memoria a largo plazo, sin escalas ni distracciones, pero como es difícil de manejar en ese momento, se va al “baúl”, y aunque pensemos en ese recuerdo, la verdadera emoción, la más fuerte, la más profunda, está encerrada en el baúl, para que no tengamos acceso a ella. Es el mecanismo psíquico de protección.

¿Qué tiene que ver todo esto con las alergias?

Pues una alergia es una respuesta exagerada del cuerpo ante un agente extraño (alérgeno), que evidentemente considera peligroso. Percibe ese alérgeno por primera vez (fase de sensibilización) y no tiene síntomas pero “almacena el recuerdo de ese peligro”, para que la próxima vez que estemos en contacto con él, pueda activar todas las respuestas de defensa posibles para protegernos (fase de reacción alérgica). ¿No les parece familiar? Es exactamente como con todos los otros recuerdos que mencionamos.

La pregunta ahora es ¿Qué hace que el cerebro de una persona determine que es altamente peligroso un inocente langostino o pequeñas partículas de polen? Nada es al azar cuando se trata de nuestra biología, todo sigue la misma lógica, y ahí radica la explicación.

Para almacenar un recuerdo, el cerebro se vale de los sentidos para componerlo, lo que vemos, oímos, olemos, saboreamos y sentimos son los elementos que registrará asociándolos a la emoción que estamos viviendo, y siempre habrá un elemento protagonista. Cada persona tiene diferentes percepciones, en un recuerdo de un gran día de playa tal vez mi sentido protagonista sea el tacto y lo que más recuerdo sea el calor del sol en mi piel, pero para otra persona puede ser la vista, y recordar con detalle las formas que las olas generaban en la orilla. De esa percepción dependerá la alergia.

Si tengo un impacto emocional intenso doloroso, mi cerebro captará todos los elementos que perciben los sentidos, los asociará a esa emoción, y los mandará directo al “baúl”, registrándolos bajo el “título” de la característica protagonista. Cuando pase el tiempo, y nos enfrentemos al elemento del título, reaccionaremos con todo lo que tenemos para protegernos. 

Las alergias no existen

Ahora ¿Estás listo para encontrar el origen de tu alergia?

El mecanismo de la alergia es siempre el mismo, hay una “fase sensibilizadora” donde se clasifica a un agente externo como peligroso, de manera que nuestro próximo encuentro con él, desarrollará una “reacción alérgica”.

Cuando nos volvemos a encontrar con el elemento protagonista del recuerdo (el título de nuestra tragedia), todas las alertas de peligro se activan en el cuerpo y se produce una respuesta de defensa, acorde a que tan peligroso considera el cerebro ese recuerdo.