Comer es uno de los más grandes placeres en la vida, en esa afirmación nos unimos millones de personas sin importar las preferencias gastronómicas, porque no se trata de qué comamos específicamente, sino como nos sentimos en relación a ello. No en vano se tiene la frase “comfort food” (comida que brinda confort) asociada a nuestros alimentos básicos a los que recurrimos en un momento de crisis. A veces algo dulce, pasteles, a veces algo grasoso, o la comida que solíamos comer en la infancia.

Y es que existe algo extremadamente emocional asociado a comer y eso tiene una explicación muy simple que proviene de nuestros inicios. Al nacer, somos enteramente dependientes de nuestros padres, depende de ellos nuestra supervivencia, ya que si no nos alimentan, abrigan, protegen, sencillamente morimos. En este proceso, lo más importante para nuestra supervivencia es el alimento, que a este nivel es únicamente leche, que satisface nuestra hambre y sed.

Además, como en esta etapa, no sabemos distinguir nuestras emociones, solo tenemos dos estados: uno positivo; llámese placer, alegría, sentirse satisfecho, amado, seguro, etc. Y uno negativo: desagrado, tristeza, dolor, incomodidad, hambre, soledad, miedo, etc. Al tener solo estos dos estados, tendemos lógicamente a asociar todas las sensaciones que comprenden cada una de las modalidades, es decir, todo lo positivo; sentirse amado, seguro, feliz, pleno, satisfecho, estará asociado a la saciedad al recibir la leche materna, al placer. Y la tristeza, dolor, miedo, inseguridad, etc. estarán asociados al hambre, al desagrado.

Es entonces que hacemos la conexión: alimento real= alimento afectivo, esta ecuación elemental revelará nuestra relación con la comida actualmente, un buen alimento afectivo en nuestra más tierna infancia significará una relación saludable con la comida en nuestra adultez.

Basándonos en este simbolismo podemos preguntarnos: ¿Cuántas veces nos hemos atracado de comida, cuando nos sentíamos tristes? Como si quisiéramos activar ese mecanismo de cuando éramos bebés y llenar ese vacío afectivo con su equivalente alimento real. O tal vez por el contrario, dejamos de comer por completo ante una situación de angustia, y puede ser que hemos sentido una mala calidad afectiva cuando éramos pequeños, entonces asociamos la comida a esa sensación y preferimos evitarla.

Los trastornos alimenticios tienen su origen en esa etapa inicial de nuestra vida, en nuestra primera relación con la comida, y es ahí donde buscaremos respuestas para su tratamiento.

Conociendo esta nueva asociación, la próxima vez que tengamos hambre a pesar de haber comido hace una hora, nos queda preguntarnos: ¿Tengo hambre realmente, o será que me siento triste, solo o inseguro? Tal vez esta nueva perspectiva cambie nuestra relación con los alimentos.

Comiendo  mis  emociones

¿Tienes una relación complicada con la comida?

¿Te cuesta cambiar tus hábitos alimenticios?

¿Has probado mil dietas y no parecen funcionar?


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El placer de comer